- El joven boxeador, criado entre Francia y Senegal, encontró en Albacete el lugar donde transformar el talento en disciplina y el esfuerzo en éxito.
- Campeón de España en categoría élite, su historia pone rostro a la resiliencia, la migración y la precariedad del deporte amateur.
La vida de Jill Gomis es una sucesión de viajes, caídas y reinicios. No empezó en un gimnasio ni terminó con un cinturón. Empezó mucho antes, entre raíces africanas, desplazamientos constantes y la necesidad de encontrar un lugar al que pertenecer. Hoy, a sus 22 años, este boxeador amateur puede decir que es campeón de España en categoría élite, tras proclamarse también campeón de la Comunidad Valenciana en octubre y alzarse con el cinturón de Barrul en diciembre, cerrando un 2025 que marca un antes y un después en su carrera.
Raíces senegalesas, infancia europea
Jill nació en Toulouse, hijo de padres migrantes de origen senegalés. Aunque creció en Francia, nunca rompió el vínculo con Senegal, país que visitaba con frecuencia y donde conoció el boxeo siendo niño. Allí, los entrenamientos se realizaban al aire libre, con escasos medios, refugiándose solo cuando el clima obligaba en construcciones de barro y cañas. No había comodidades, pero sí un propósito claro: aprender a defenderse y proteger a su hermana pequeña.
De regreso a Francia, su adolescencia estuvo marcada por el acoso escolar, la falta de referentes y una estructura familiar frágil, factores que derivaron en conflictos sociales y un comportamiento cada vez más difícil de gestionar. Ante ese escenario, su madre tomó una decisión crucial: enviarlo a España, a Albacete, donde residía parte de su familia, con la esperanza de ofrecerle estabilidad y un nuevo comienzo.

Albacete, donde todo encaja
La llegada a España no fue sencilla. Jill volvió a enfrentarse al bullying, esta vez por su color de piel, su físico y su carácter introvertido, además de la barrera del idioma. Sin embargo, poco a poco fue construyendo un pequeño círculo social. Y fue precisamente en Albacete donde el boxeo reapareció, esta vez de forma decisiva.
Tras un juego de pelota, una amiga intuyó su potencial físico y le recomendó canalizar esa fuerza en un gimnasio. Así llegó al Fight Club Albacete, el espacio donde Jill empezó a transformar la energía en disciplina. Los comienzos fueron duros: no dominaba el idioma y todo era nuevo. Pero allí encontró apoyo, compañeros que le acompañaron en el proceso de integración y frases que aún hoy resuenan en su cabeza antes de cada combate: “el dolor no existe”, “el boxeo es fácil si sabes la dedicación que requiere”, “amar el boxeo es sacrificio”.
Caer para aprender
Apenas tres meses después de empezar a entrenar, quiso competir. Lo hizo lesionado, con metacarpos fracturados, sin comunicarlo. El cuerpo habló: vómitos, mareos, deshidratación extrema durante el pesaje. Subió al ring… y perdió. Aquella derrota fue un punto de inflexión.

Tras meses de descanso obligatorio, regresó con una preparación más completa, combinando boxeo y cardio, trabajando resistencia, potencia y, especialmente, juego de pies, que considera la base del éxito. Aunque se encuadra dentro del estilo soviético, bebe también del boxeo cubano, con referentes claros como Dimitry Bivol, Roy Jones Jr., Muhammad Ali o George Foreman.
Campeón sin red
El título de campeón de España no le ha permitido, sin embargo, dedicarse en exclusiva al boxeo. Su caso refleja una realidad extendida en el deporte amateur español: falta de recursos, escaso respaldo institucional, ausencia de promotores y mínima visibilidad mediática. Muchos talentos se ven obligados a emigrar para encontrar oportunidades reales.
En un país donde el boxeo quedó relegado frente a disciplinas más lucrativas, solo quienes alcanzan una proyección mediática sostenida logran asegurar su futuro profesional.
Mirar adelante sin olvidar el origen
Ante este escenario, Jill sueña con desarrollar su carrera en Francia y con representar algún día a Senegal, sin perder de vista a quienes han sido clave en su camino. En su esquina siguen Chule y Álex Escribano, sus entrenadores del Fight Club Albacete, con quienes mantiene un vínculo que va más allá de lo deportivo, trabajando también el aspecto emocional.
Porque el boxeo, en su historia, va mucho más allá del combate. Es refugio, estructura y pertenencia.
Y aunque el futuro aún esté por escribirse, Jill Gomis ya sabe dónde empezó todo: en Albacete, donde aprendió a pelear dentro y fuera del ring.
INMACULADA PÉREZ VALERO
