“CHANGO” CASANOVA

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Por Andrés Pascual

Existe un tipo de pugilista que puede arrastrar con su nombre toda la clientela que facture el éxito exigido; presente en una de las dos banquetas y allá va el mar de fanáticos, no importa contra quien, esa adoración la impone únicamente el ídolo genuino de multitudes.

El peso gallo Rodolfo Casanova (junio 21 de 1915-noviembre 23 de 1980, a los 65 años) fue, durante la verdadera Edad de Oro del boxeo mexicano (los 30’s), peleador de trascendencia inmediata incomparable: espectacular sin ribetes artísticos; pegador salvaje que podía caer noqueado con un golpe que cualquier otro, de mediana asimilación, rebasaba.

Fue anestesiado varias veces (81-22-3, 51 KO’s propinados, 9 recibidos), en el boxeo, el nocao puede decretar la ruina de un coliflorista estrella; si no lo extingue, hacer más lenta, dura y penosa la recuperación: puños de hierro y mandíbula de cristal, eso fue Casanova…

Lo que importaba era que Chango ocupara un turno en la cartelera y allá iba el público a mimar a su gladiador sin amaneramientos disfuncionales, así fue la relación entre un pugilista grandioso de una sola virtud, la pegada homicida, y su público de fidelidad total. El pequeño miura podía caerse hoy y levantarse mañana sin perder un milímetro de veneración popular, sin ceder en la fé de sus fanáticos.

Al paso del tiempo hasta la actualidad, México ha producido varios ídolos tan grandes que alcanzaron dimensión continental, incluso mundial, como Chávez, Rubén, Salvador, Márquez…por citar solo a cuatro; pero, en cuanto a adorarlo como persona, en cuanto a idolatrarlo a pesar de desventajas evidentes como la asimilación y lo poco depurado de su manual técnico, en una época en que los medios de comunicación eran punto menos que ineficientes, acaso inexistentes, como Chango para su público nadie ha vuelto a igualar la locura del pueblo mexicano por su boxeador, como la que desarrolló el país azteca hacia Casanova.

La contradicción del pegador resultó en que podía someter a un boxeador 10 libras más pesado, o caer ante un corista del ring que, a veces, son útiles solo como rellenos por ausencia o de peldaños en el escalafón y pare de contar.

Fuera del ring se producía la tragedia de Casanova, su personalidad no podía evitar ni un jab del grupo que lo arrastró a la disfuncionalidad por ancestro: rehén de la idolatría fue presa de los vicios, de los excesos que han destruido más de una carrera del deporte y del espectáculo; bebía hasta la locura y se autodestruyó, se destrozó en cuerpo y espíritu, lo que obligó a las autoridades a recluirlo en el manicomio La Castañeda, porque, casi en grado indigente, el boxeador era una carga pública. Durante etapas lúcidas, trabajaba en una ponchera.

Grupos de fascinerosos vinculados al boxeo llegaron tan lejos en cuanto a explotar la fama de Casanova que, para hacer taquilla, lo anunciaban en cualquier cartelera, le daban dos pesos y le devolvían al manicomio sin ninguna consideración ni respeto por la gloria ni por el ser humano.

Rodolfo Casanova no fue un virtuoso del ring como Tony Mar, al decir de Eladio Secades: “no tuvo la escuela de Zurita ni el virtuosimo de Joe Conde”; no fue como Azteca ni como Arizmendi, pero su punch bestial, homicida, que no dejaba sentado a ningún fanático de tribuna ni de palcos cuando golpeaba, ni de pie al contrario en que hacía diana, tampoco lo tuvo nadie en su país, posiblemente y no lo dudo, ni de la actualidad.

Con Chango Casanova se produjo el robo de su biografía para adaptarla al personaje Terranova, actuado por David Silva en el film Campeón sin Corona; a pesar de la protesta del boxeador en pleno Zócalo, nunca se hizo justicia, muy común en esta máquina explotadora (la mafia del cine), facturadora de voluntades torcidas, que rompe cualquier sueño desde posiciones trasvestidas.

Rodolfo Casanova le ganó la faja nacional a Juan Zurita y peleó contra los mejores pesos pequeños del pugilismo entre 1932-1940, gladiadores como Midget Wolgast, Sixto Escobar, Tony Mar, Speedy Dado, Hank Armstrong, Freddie Miller, Arizmendi…

El 16 de junio de 1936, le propusieron un pleito contra el Maestro Azteca, no se amedentró ni por la fama del contrario ni por la diferencia de peso, aceptó y le ganó la decisión a leña limpia. Así era Chango Casanova, un irrepetible de Fistiana.

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