Lo indefendible en el caso Rigondeaux

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Por Andrés Pascual

Hay que poner los pies en la tierra

Un cronista del sector de un  popular sitio en inglés, para el que escribí hasta que me arañaron un centavo, soltó una opinión “a rajatablas” que pocos, ajenos a los cubanos recién llegados, aceptan, el tipo especuló, más o menos, que la participación que se cayó en la cartelera cuyo estelar será Maravilla-Julito, le hará perder  brillo al programa por falta del bout entre el cubano Rigondeaux y el prometedor Marroquín. Eso no es una posición ni de intereses ni de simpatía, sino una barbaridad.

Esa cartelera, que tanta expectativa boxística como odio regional alcanza, solo necesita para ser importante el starbout, ni preliminares ni co-estelares tienen algo que ver con el nivel de éxito, que se da por descontado antes de que se produzca, por la cantidad de mexicanos que estarán pendientes o de hispanos de cualquier país.

Al perder Rigondeaux la apelación en la Corte de Miami, lo que se suponía, quien vio como se le escapaban “guiro, calabaza y miel” fue el cubano, no solo por la promoción que significa participar en un programa de ese tipo, sino por la inactividad angustiosa a que lo han sometido y que continuará, quién sabe hasta cuándo, con la inevitable visita anual del Padre Tiempo a un atleta con más de 30.

Este problema debería servirle de experiencia tanto a los pugilistas llegados de la Isla como a quienes los manejan, porque el negocio del boxeo profesional no contempla ningún capítulo en el que se perdone a los antillanos porque “no tiene la culpa, vienen de una selva sin leyes ni respeto por algo ni por alguien”. Aquí, más que a boxear como un profesional, tienen que aprender a respetar y rápido, el orden social establecido y a comportarse como ciudadanos más limpios que Mr Clean, o te pasa por encima la aplanadora.

Sin embargo, sigo creyendo que, de alguna forma y sin justificar al boxeador, la mano de la tiranía, por medio de sus socios de alto nivel como Bob Arum, está detrás de todo lo que le sucede a estos pugilistas, condenados al paro casi permanente en un sector en el que no influye la llamada crisis laboral del momento.

Como advertencia para los que piensen quedarse en el futuro y como castigo o escarmiento a quienes ya lo hicieron, esa es la encomienda detrás del caso Rigondeaux.

 

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