Cuando el “Canelo” empató en Tijuana

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Edmundo F. Hernández Vergara

En marzo de 2005, mi buen amigo Dimas Campos Santiesteban me invitó a formar parte de la  Comisión de Box y Lucha Libre de Tijuana, tras haber asumido el puesto como presidente semanas atrás. No lo pensé dos veces y me integré inmediatamente en calidad de secretario ejecutivo.

Entre otras asignaciones, me encargaba de registrar los datos de los pugilistas que actuarían durante una función. Lo hacía un día antes del evento como parte del protocolo de la ceremonia de pesaje, que incluye revisión médica y una visita a la báscula. Durante más de seis años sometí a infinidad de boxeadores de todas las clases y niveles a las preguntas más sencillas de sus vidas: ¿procedencia?  ¿Edad?  ¿Récord? ¿Color de pantaloncillo? ¿Licencia? ¿Nombre de tu entrenador?

Canelo entrenando

Canelo entrenando (Foto: Cortesía/Maganamedia.com)

Las respuestas me permitían elaborar la hoja de concentrado, documento básico del cual se origina el resto de la papelería de una función y que se entregaba a la prensa, como copia, el día de las peleas.

Durante este procedimiento aparentemente trivial, viví experiencias diversas que enriquecieron principalmente mi universo como periodista y me humanizaron totalmente de cara a todos esos hombres que tienen la valentía de subirse a un cuadrilátero a ganarse la vida. Encontrarme, de pronto, mientras preguntaba si la licencia estaba vigente, con los ojos de un tipo que lucía nervioso y cadavérico porque  no había comido en dos días para dar el peso, me resultaba estremecedor y sumamente conmovedor. “Hazles alguna broma; eso los puede hacer sentir mejor”, me aconsejó alguna vez Benjamín Rendón, comisionado de boxeo de la ciudad en aquel entonces.

Ya los admiraba, pero ese tipo de contacto tan cercano me enseñó a apreciarlos y no me topé con muchos cuya cualidad principal no fuera la humildad. Conservo, incluso, amistad sincera con algunos de ellos, pero voy a remontarme a una anécdota que me parece oportuna, acorde al momento.

Sucedió en junio de 2006, durante el pesaje de una función que presentó Promociones Zanfer en el Auditorio Municipal. En ese tiempo, la televisión mexicana no había descubierto aún que el boxeo podía volver a ser un negocio. Los únicos testigos de las hazañas y fracasos de los héroes enguantados eran los fieles asistentes a las arenas; nadie más. En esa ocasión la empresa de Fernando Beltrán montó una cartelera de 9 peleas, encabezada por Héctor Velázquez, quien venía de brindar espectacular batalla ante el filipino Manny Pacquiao.

Llegué temprano ese día a las instalaciones de la Comisión y me dispuse a recopilar los datos de cada uno de los púgiles programados. Todo transcurría sin sobresaltos hasta que se apareció en la sala un jovencito de rostro aún infantil, pelirrojo y de semblante atufado. Lo saludé de mano, se sentó frente a mí en la mesa de registro e inicié con el interrogatorio de rutina. Dijo llamarse Santos Saúl Álvarez Barragán y, tras responder las primeras dos preguntas, me incomodó su actitud poco amigable y traté de ablandarlo con una broma. ¡Nada! Ni las pecas movió.

Eddy Reynoso y "Canelo" Álvarez (Foto: Cortesía/Maganamedia.com)

Eddy Reynoso y “Canelo” Álvarez (Foto: Cortesía/Maganamedia.com)

Proseguí entonces con mi labor, pero ya se había ganado mi antipatía para esos momentos. Le pregunté su edad, sin dejar que asomara en ningún momento mi descontento, y me dijo que tenía 15 años. Le pedí a continuación, tal como lo marca el reglamento en Tijuana cuando se trata de un menor de edad, que me mostrara la carta en la que uno de sus padres autorizaba que subiera a un ring a pelear. Fue el único momento en el que su rictus cambió, y de la hostilidad pasó en un instante a la preocupación. “No la traigo”, dijo, e inevitablemente me invadió esa sensación de revancha que todos sentimos en circunstancias similares, pero que poscas veces confesamos. “No vas a pelear, si no la presentas”, le informe, haciendo un esfuerzo enorme para que no asomara en esta ocasión ni un solo rastro de venganza.

Como era mi deber, le comenté la situación a Benjamín Rendón, comisionado en turno de la función, quien propuso una solución práctica al muchacho que provenía de Guadalajara, Jalisco. “Aquí somos pro box y no te queremos perjudicar. Háblale a tu papá y dile que te envié por fax la carta firmada. Te puedes pesar, pero si no llega el documento, no vas a pelear.”, le indicó Rendón al pelirrojo.

Entonces, el “Canelo” me pidió prestado el teléfono de la oficina y le marcó a su padre para decirle que no lo querían dejar pelear en Tijuana. Le explicó brevemente el problema, colgó y me dijo muy serio que en unos minutos le enviarían el documento al fax de la Comisión.

Al cabo de dos horas, los 18 contendientes que participarían en la función del día siguiente ya se habían pesado, incluido Saúl Álvarez, y el documento aún no llegaba. La sala empezó a vaciarse y yo no podía retirarme. Dimas Campos y Rendón me encargaron que esperara el fax para que el adolescente tapatío pudiera pelear. Y ahí me quedé con el “Canelo” y el “Chepo” Reynoso, esperando que sonara el teléfono.

Al principio el silencio fue incómodo, miradas clavadas en el piso y manos dentro de las bolsas. Luego Reynoso se atrevió y me preguntó por el rival de su pupilo. “Se llama Jorge Juárez. No es un boxeador dedicado, pero tampoco es un flan”, le respondí. “Es que venimos invictos después de cuatro peleítas y queremos seguir así”, dijo el Chepo con un poco más de confianza. “No se preocupe, aquí en Tijuana se respeta el triunfo del visitante. Si su muchacho gana, nadie le va a robar… se lo aseguro”, le comenté y percibí que el jovencito me escudriñaba con la mirada y su rostro de vikingo inexpresivo. En eso sonó el teléfono, contesté, me pidieron tono de fax, oprimí el botón rojo, colgué y empezó a salir una tira de papel por el aparato. Desprendí la hoja, la leí lo más rápido que me fue posible y les comuniqué que el problema estaba resuelto. Entonces, sucedió lo que hasta ese momento parecía imposible: el “Canelo” esbozó una sonrisa y se desahogó: “Creí que no pelearía”, expresó, me dio las gracias por esperarlo y se marchó.

Al otro día, un Jorge Juárez de mal récord (3-5) y ligeramente pasado de peso le complicó la existencia al novatito de Guadalajara, gracias a su estilo afroamericano aderezado con algunas payasadas dignas del “Maromero” Páez. A final de cuentas, los jueces decretaron un empate después de cuatro rounds, aunque la mayoría vio ganar a Juárez. En lo particular no recuerdo con exactitud la pelea, pero tengo presente la sensación de que el empate me pareció justo en aquel momento.

Una vez concluido el duelo, cumplí con otra de las asignaciones laborales que tenía como empleado de la Comisión de Box, que consistía en entregar las licencias a los pugilistas en el vestidor, después de registrarles el resultado. Así, me encaminé lentamente por la larga y estrecha rampa de los vestidores del Auditorio Municipal, busqué al “Canelo“ Álvarez y le entregué su licencia. Lo felicité por el esfuerzo, le palmeé el hombro, me dijo “gracias” con un gesto de amabilidad que sentí sincero y cerré la puerta, sin imaginar jamás que detrás de ésta había dejado al tipo que estelarizaría en unos años las funciones de mayo y septiembre en Las Vegas, a uno de los campeones del mundo más polémicos que ha tenido México, pues no cualquiera tiene la facultad o desdicha de generar cariño y odio en la misma proporción.

Fotos: Cortesía/Maganamedia.com

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