Protegiendo al paisano, el caso Erislandy Lara

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Por Andrés Pascual

Mientras, Lara se sienta a esperar

Los mexicanos no tenían como suyo a Oscar de la Hoya, porque no había nacido en México, el tipo es californiano, por lo tanto, en el lenguaje chapucero y ofensivo común y corriente, pocho.

Al medallista olímpico de oro en Barcelona-92 (empleando la forma como relacionan los cronistas y el público castro-comunistas la grandeza boxística), le dolía el tratamiento y, cada vez que pudo, se acercó más a la patria de sus padres hasta que optó por la ciudadanía mexicana y la consiguió.

Posiblemente el fundador de Golden Boy Promotions sea más azteca que varios millones nacidos allá y, la parte grande de su lado filantrópico, se inclina hacia sus paisanos “postizos” tanto como a sus compatriotas de igual origen que malviven en el East L.A.

Oscar de la Hoya es, más que un gran boxeador, un ejemplo típico del “Sueño Americano” de la única minoría con que cantaletea la Media americana: la de origen azteca.

El ex boxeador, devenido hombre de negocios, tiene tanto apoyo en este país que, la noticia sobre el uso y abuso de drogas que le obligó a internarse en una clínica de desintoxicación, pasó por los titulares a más velocidad que la del sonido, la impresión que dio fue de que alguien poderoso intervino para no hacer “leña del árbol caído” al promotor, política ambivalente, porque no con todo el mundo se comportan así y eso es lo censurable.

El caso es que Oscar de la Hoya firmó a Saúl “El Canelo” Álvarez mientras este estaba bajo contrato con All Stars, de Félix “Tutico” Zavala, lo que no se puede considerar una mera violación de contrato, sino como, en un país en el que hasta para defecar fallaron la ley que ampara una de las tantas Enmiendas de una Constitución obsoleta por lo vieja, un delito penable a plena capacidad legal.

Yo no sé cómo va a terminar la reclamación hecha por Tutico, ahora, si Oscar se sale con la suya (no el Canelo, que el boxeador no representa nada), pues habrá que concluir que, tanto lo protege la ley contaminada con el complejo de culpa de Estados Unidos, que se ha llegado al extremo de permitirle delinquir con el sobreseimiento y la vista gorda.

Oscar, como se sabe, maneja al Canelo y a Erislandi Lara, una vez que se produjeron varios fallos de contrincante por motivos diferentes, la supuesta parada obligatoria debió incluir al zurdo cubano y yo diría que como primera opción incluso, por ser retador número 1 en un escalafón, pero la promotora optó por no brindarle oportunidad al antillano por… ¿Qué razón?

Indudablemente, en cuanto a inversión, si Golden Boy autorizara la pelea entre Lara y el Canelo no perdería dinero, porque maneja las carreras de ambos y porque quien tiene que abonarlo es quien manda, paga y está acabando con el boxeo por lo que permite: la televisión por cable Premium y el PPV.

Luego, la única posibilidad que justifica la evasión de Lara como retador oficial y obligatorio del Canelo, es la protección al paisano para “lucir mejor como mexicano preocupado” y que el mundo diga lo que quiera, al extremo de considerar injustamente a Álvarez como el “menos macho”, porque ningún boxeador es cobarde y porque los pugilistas no tienen ni voz ni voto a la hora cero en la elección del contrincante.

Es decir, mientras Oscar de la Hoya le evita una posible derrota a su protegido, no le preocupa en lo mínimo que se teja una historia de cobardía personal, innecesaria y poco seria de un gladiador que ha demostrado en el ring lo contrario, porque el muchacho es valiente al nivel del “mexicano histórico”.

Deportivamente, tengo la impresión de que el Canelo no puede ganarle a Lara, que poco a poco va haciendo una bonita carrera en superwelters, a pesar de que fue favorecido por unas tablas contra Carlos Molina, que los poco conocedores le exigen que mencione cada vez que habla y que, hoy, no se quedaría de pie cinco rounds ante el cubano.

Lara no debe hacer mención de la decisión ante Molina con la frecuencia que le exige un fanático hostil, anticubano, poco conocedor de la historia y menos interesado en hacerlo, porque a Alí no se le pedía que comentara sobre la pelea que le regalaron contra Shavers, ni a Joe Louis por lo mismo contra Walcott, incluso ni el mismísimo Robinson cumplió nunca con religiosidad el recuento oral de la mano de patadas que le dio el boricua José Basora en su primera pelea y se la regalaron como tablas.

 

 

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